PARROQUIA DE NUESTRA SEÑORA DE LA OLIVA - DOS HERMANAS
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domingo, 2 de noviembre de 2014

Muerte y esperanza

El deseo de vivir eternamente, para siempre, es una aspiración profunda del hombre, como han puesto de manifiesto los filósofos, los escritores, los artistas, los poetas -y de forma especial los enamorados- de todos los tiempos. El hombre está hambriento de eternidad.
Ese afán por eternizarse y por perpetuarse, se manifiesta de diversos modos: en la forma de enfocar los proyectos; en el deseo de sobrevivir y de perdurar, por medio de los hijos; en el afán por influir en la vida de otras personas o de ser reconocido o recordado en el futuro… En todas estas manifestaciones se adivina el afán, genuinamente humano, de eternidad.
Hay muchos hombres que creen en la inmortalidad del alma; hay otros que entienden esa inmortalidad como una reencarnación; y hay otros, en fin, que se empeñan en alcanzar, a pesar del hecho ineludible de la muerte, un bienestar material o un reconocimiento social a toda costa. Es sabido que por ese camino no llegarán a satisfacer plenamente esos afanes, entre otras cosas porque el bienestar y el reconocimiento no dependen sólo de la propia voluntad.
En este contexto, el cristiano es profundamente realista: sabe que con la muerte se desvanecerán para siempre todos  los sueños humanos fatuos.
En ese dilema muerte/inmortalidad el cristiano tiene la certeza de que Dios le ha creado haciéndole a su imagen y semejanza (cfr. Gn 1, 27); y sabe que cuando se avecine la prueba suprema, Cristo le confortará, convirtiendo sus angustias de muerte en dolor de corredención. Está convencido de que el mismo Jesús, al que ha servido, imitado y amado en esta tierra, le recibirá en el Cielo, colmándole de gloria y felicidad.
El cristiano sabe además con certeza que, gracias a la inmensa y gozosa verdad de la fe, gracias a Cristo, la muerte, su último enemigo en esta tierra (1 Cor 15, 26),  no será el final de todo: tras ella alcanzará la visión eterna de Dios y la resurrección del cuerpo al final de los tiempos, cuando todas las cosas se cumplan en Cristo.
La vida no acaba aquí: por eso estamos convencidos de que el sacrificio escondido y la entrega generosa de millones de personas a las que nadie conoce tienen un profundo sentido y alcanzarán su justa recompensa en la otra vida: una recompensa que, por la infinita misericordia de Dios, superará cualquier bien al que el hombre pueda aspirar. “Si alguna vez te intranquiliza el pensamiento de nuestra hermana la muerte, porque ¡te ves tan poca cosa!, anímate y considera: ¿qué será ese Cielo que nos espera, cuando toda la hermosura y la grandeza, toda la felicidad y el Amor infinitos de Dios se viertan en el pobre vaso de barro que es la criatura humana, y la sacien eternamente, siempre con la novedad de una dicha nueva?” (Cfr. Surco, n. 891).

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