Benedicto XVI, en la homilía de la Santa Misa para
la apertura del Sínodo de los Obispos, celebrada hoy en la Plaza de San Pedro,
habla de la necesidad de una nueva evangelización y de favorecer el redescubrimiento de la fe,
fuente de gracia que trae alegría y esperanza a la vida personal, familiar y social.
En palabras del Papa, el tema del matrimonio merece en este sentido una atención especial. El
mensaje de la Palabra de Dios se puede resumir en la expresión que se encuentra
en el libro del Génesis y que el mismo Jesús retoma: «Por eso abandonará el
varón a su padre y a su madre, se unirá a su mujer y serán una sola carne» (Gn 1,24, Mc
10,7-8). ¿Qué nos dice hoy esta palabra? Pienso que nos invita a ser más
conscientes de una realidad ya conocida pero tal vez no del todo valorizada:
que el matrimonio constituye en sí mismo un evangelio, una Buena Noticia para
el mundo actual, en particular para el mundo secularizado. La unión del hombre
y la mujer, su ser «una sola carne» en la caridad, en el amor fecundo e
indisoluble, es un signo que habla de Dios con fuerza, con una elocuencia que
en nuestros días llega a ser mayor, porque, lamentablemente y por varias
causas, el matrimonio, precisamente en las regiones de antigua evangelización,
atraviesa una profunda crisis. Y no es casual. El matrimonio está unido a la
fe, no en un sentido genérico. El
matrimonio, como unión de amor fiel e indisoluble, se funda en la gracia que
viene de Dios Uno y Trino, que en Cristo nos ha amado con un amor fiel
hasta la cruz. Hoy podemos percibir toda la verdad de esta afirmación,
contrastándola con la dolorosa realidad de tantos matrimonios que
desgraciadamente terminan mal. Hay una
evidente correspondencia entre la crisis de la fe y la crisis del matrimonio.
Y, como la Iglesia afirma y testimonia desde hace tiempo, el matrimonio está llamado a ser no sólo objeto, sino sujeto de la
nueva evangelización. Esto se realiza ya en muchas experiencias, vinculadas
a comunidades y movimientos, pero se está realizando cada vez más también en el
tejido de las diócesis y de las parroquias, como ha demostrado el reciente
Encuentro Mundial de las Familias.
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